
No se trata de que todos nos sintamos culpables de lo que pasa sino de entender las claves y tratar de corregir rumbos porque en una sociedad que transita con normalidad, son los hijos los que entierran a sus padres y no al revés.
Estamos en el mal camino
Hoy es común comprobar que entre los jóvenes paraguayos hay una muy baja tolerancia a la decepción. El no poder acceder a un celular de determinada marca y características puede ser causal de depresión.
Incluso puede ser motivo de cambios conductuales graves como que jóvenes de presuntamente sólida formación moral, adopten actitudes transgresoras que los lleven al latrocinio.
Comentaban que en algunos colegios caros, la inseguridad por el robo de aparatos electrónicos (celulares, reproductores de sonidos, etc) entre los propios compañeros es lamentable y estamos hablando de personas con doble y cuádruple apellido.
Lo que antes para nosotros era claro: si nuestros padres no podían darnos lo que reclamábamos, no se podía y punto, ahora es motivo de conflictos profundos y decisiones crueles “porque así la vida no vale la pena”.
La vida, claro que vale la pena a pesar de que como sociedad, cada uno metido en su problema está dejando de ver el problema del otro.
Por ejemplo, la vida vale la pena para quienes no encuentran otra actividad que la de cuidacoches. Son marginados de la sociedad que golpean las puertas para entrar y ser parte y el resto se empecina de cerrarles las puertas.
¿Somos los ganadores?
No puede ser que la vida valga la pena para ellos y de improviso, no valga la pena para quienes están en el equipo de los ganadores, de los que son parte de la sociedad y tienen nombres y largos apellidos.
De eso se trata. Los que se suicidan son los que están adentro y nosotros nos creemos parte de ese “adentro” y otros quieren entrar porque entienden que aquí las soluciones son mágicas y por lo que vemos, no es así.
Esto anda mal y debemos analizarnos a nosotros mismos para no pasar –como decía mi madre- de guatemala a guatepeor.
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