
Compra la materia prima, la elabora, hace la venta, transporta el producto y cobra. El microempresario carga sobre si una responsabilidad múltiple. No tiene como delegar tareas porque está sólo. Es el artesano que empieza y cierra el negocio y lo encontré a uno de ellos en estos días en la calle.
Descansaba sentado en una sillita que él mismo había fabricado. La desenganchó del grupo de 20 sillas que logró cargar a una bicicleta y la llevaba al destinatario de la producción.
¿De dónde vienes? “De Luque y estoy cruzando Fernando de la Mora. Debo llegar hasta la avenida Eusebio Ayala”.

Sentí pena al verlo porque en realidad estaba haciendo un sobreesfuerzo físico obligado por las circunstancias.
Nadie hará lo que él deje de hacer y sus costos no sobrevivirían a la contratación de un taxi-carga. El mercado lo ubicaba ante un desafío casi extremo.
Cuánto cuesta cada silla, le pregunté y me respondió “15 mil guaraníes”, apenas algo como 3,5 dólares.
Y ahora que termino de escribir este texto, digo que nadie mejor que él para inspirar desde este blog, un mensaje de gratitud y reconocimiento a los trabajadores en su día.
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