lunes, noviembre 10, 2008

El Presidente reutiliza ahora el recetario que ya utilizó para el “síndrome Gusinsky”

En la campaña electoral que lo llevó a su elección como Presidente de la República, Fernando Lugo enfrentó una intensa cruzada de “desgaste” capitaneada por Mirtha Gusinsky. Torpedeaba la credibilidad del candidato a quien ubicaba entre los integrantes de bandas de secuestradores y cobradores de rescate. Entonces, la actitud de ignorar los ataques le resultó a Lugo. En efecto, ganó las elecciones por un margen inesperado de casi 200 mil votos.

Quienes pensábamos que la campaña de Mirtha –madre de Cecilia Cubas, secuestrada y muerta por una banda vinculada a otros secuestros- terminaría pasándole la factura en el terreno electoral, nos equivocamos de cabo a rabo.
La gente desvinculó totalmente al candidato de las acusaciones a pesar de la carga emocional que una madre ponía en sus mensajes. Lugo parece seguir confiando en su invulnerabilidad.
Sobre el cierre de los primeros 100 días de gobierno y ante otro tipo de ataques, vuelve a asumir la misma actitud de aquel entonces. Aún admitiendo que no todos los dardos de hoy sobre el clima rural y la crispación de distintos sectores sociales tienen fundamentos sólidos, no tenemos elementos a mano para saber si el barniz anticorrosivo que usó Lugo aquella vez, sigue intacto.
Claro, una cosa es ser candidato con una aureola de honestidad y en competencia con candidatos de un partido corrupto, exhausto y desgastado. Otra cosa muy diferente es ser gobernante acosado por expectativas, muchas de las cuales también se manejan como parte de maniobras políticas.
Se presume que el desgaste no sólo importa a la oposición política tradicional sino que también y fundamentalmente a la “oposición en el gobierno”. El de Lugo es un gobierno con oposición incorporada que pelea por mayores espacios inicialmente en base a pedidos pero tiene otros resortes que precisamente se activan con los reproches no respondidos, al Presidente.
Da la impresión de que en la más alta esfera, las críticas que recibe el Jefe de Estado son catalogadas como “síndrome Gusinsky” y reciben el mismo tratamiento: La indiferencia.
Los manuales de comunicación ven contraindicaciones para las grageas de silencio. Aunque se confíe en los anticuerpos presidenciales.

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